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Un Maestro Argentino en India – Práctica y Reconocimiento

Foto del escritor: Jorge Bidondo
Jorge Bidondo
30 ago
5 min de lectura

En estos videos vemos dos momentos trascendentes en la vida del Maestro Jorge Bidondo:

  • En 2018, participando frente a más de 20 mil personas en India con una práctica de Yoga Vital, llevando la enseñanza argentina al escenario mundial.

  • En otra ocasión, recibiendo un premio por su excelencia como yogui, reconocimiento a su trayectoria y compromiso con la difusión del Yoga Vital.

Estos hitos forman parte de su camino espiritual y están relatados en su autobiografía, donde comparte cómo la práctica y el servicio se convierten en pilares de una vida dedicada al Yoga Vital.


📌 Puntos Clave de los Videos

  • Práctica multitudinaria: Jorge Bidondo guió una sesión de Yoga Vital ante miles de personas, mostrando la fuerza y universalidad de esta disciplina.

  • Reconocimiento internacional: recibió una distinción en India por su excelencia como yogui, validando su aporte a la tradición yóguica.

  • Autobiografía y enseñanza: estos momentos se enlazan con su libro, donde narra cómo la práctica, la hermandad y la entrega espiritual marcaron su vida.

  • Legado del Yoga Vital: la experiencia en India reafirma que el Yoga Vital es un camino universal, capaz de unir culturas y corazones.


PRÓLOGO — El momento del recinto sagrado

India, 23 de junio de 2018

El cordón de policías se cerró a mi alrededor casi sin que yo lo notara. La explanada del templo de Harihar estaba envuelta en el calor húmedo del monzón. Junio en Karnataka tiene una luz particular: suave, difusa, como si el cielo estuviera hecho de vapor. El aire olía a incienso, a flores frescas y a tierra mojada que anunciaba las lluvias. A lo lejos, el río Tungabhadra murmuraba como un mantra antiguo.

Yo venía caminando desde el recinto más sagrado del templo. Un sacerdote me había recibido entre un humo espeso que casi lo cubría todo, como si la atmósfera misma quisiera volverse invisible para dejar espacio a lo sagrado. Con una solemnidad antigua, me marcó el tilak en la frente y acercó el fuego ritual para que recibiera su darshan. El calor de la llama, el aroma del ghee, la vibración del mantra… algo en mí se abrió. Algo se aquietó. Algo se volvió más presente que nunca.

Salí de ese recinto en un estado de conciencia particular: silencioso, expandido, profundamente conmovido. Quizás fue ese estado el que me llevó a actuar como actué después.

Dos días antes, el 21 de junio, había dirigido una práctica multitudinaria en Bangalore para celebrar el Día Internacional del Yoga. Cerca de veinte mil personas se reunieron en un estadio, todas con camisetas alusivas al evento que, vistas desde el escenario, parecían formar un solo cuerpo respirando al unísono. Había cámaras por todas partes, drones sobrevolando el espacio, y maestros a quienes respeto profundamente sentados en la primera fila. Algunos incluso se ubicaron detrás de mí en el escenario, un gesto silencioso pero inequívoco de apoyo y aval. La transmisión salió por TV9 y luego en cadena a toda India.

Quizás por eso, cuando llegué a Harihar acompañado por los organizadores del Yoga Ratna Award, la gente del lugar ya sabía quién era. Habían visto la práctica en televisión. Habían visto el reconocimiento que me entregaron: el título de Yoga Sammana y el premio Yoga Ratna, otorgado por mis pares en la tierra donde el yoga nació.

Yo no pensaba en nada de eso mientras caminábamos por la explanada del templo. Seguía bajo el efecto del darshan. Solo estaba allí, presente.

Entonces se acercó un hombre.

Cojeaba ligeramente y tenía la mano apoyada sobre la rodilla, como si intentara contener un dolor que lo acompañaba desde hacía tiempo. No dijo mucho. Solo levantó la mirada y esperó. Puse mis manos sobre su articulación unos segundos. El hombre respiró hondo, como si algo dentro de él se aflojara. Sonrió. Me agradeció.

Y entonces llegó otra persona. Y luego otra. Y otra más.

Al principio, mis acompañantes lo tomaron como algo natural. Pero la fila creció. Y siguió creciendo. Yo estaba completamente absorto: cantando mantras, ofreciendo bendiciones, haciendo sanación. Cada rostro era un universo. Cada encuentro, un instante completo. No veía nada más.

Pero ellos sí.

Con el paso de los minutos —quizás cuarenta, quizás una hora— la multitud dejó de ser un flujo tranquilo y comenzó a comprimirse. Algunas personas empezaron a empujarse para acercarse. Los organizadores intentaron contener la situación, pero la gente seguía llegando desde todos los lados de la explanada. Me contaron después que sintieron miedo. Miedo real. No por ellos. Por mí.

Temieron que, si la presión seguía aumentando, pudiera producirse una avalancha humana. Temieron que me lastimaran sin querer. Temieron que la devoción se transformara en caos.

Yo no veía nada de eso. Mi mundo, en ese momento, era cada persona que tenía delante.

Cuando finalmente levanté la vista, comprendí que algo había cambiado. Ya no eran decenas. Ni cientos. Eran miles.

Los organizadores, desesperados, habían pedido ayuda. La policía llegó y formó un cordón a mi alrededor, intentando abrir un corredor para sacarme del lugar con seguridad. El murmullo de la multitud era como una ola que avanzaba y retrocedía, cargada de emoción, curiosidad y devoción.

Al día siguiente, representantes del gobierno local se acercaron a mi hospedaje para agradecerme. Fue un gesto amable y profundamente conmovedor. Pero cuando pienso en esos días, no recuerdo a las autoridades, ni la multitud, ni el despliegue policial.

Recuerdo la primera rodilla dolorida. La primera sonrisa.

Unos días antes había recibido el Yoga Sammana y el premio Yoga Ratna, entregados por maestros y representantes del yoga en la propia India. Mientras sostenía aquel reconocimiento, ocurrió algo inesperado. Mi mente retrocedió. No hacia los logros recientes, ni hacia las dificultades superadas. Retrocedió mucho más.

Aparecieron personas. Algunas vivas, otras ya partidas. Maestros. Familiares. Amigos. Personas que caminaron a mi lado durante décadas y otras que estuvieron apenas unos minutos. Todas habían dejado algo. Todas habían contribuido a que ese instante existiera.

No sentí orgullo. Sentí gratitud. Una gratitud tan intensa que por un momento desaparecieron el escenario, las cámaras y los aplausos. Solo quedaron los rostros. Y los recuerdos.

Porque ninguna vida se construye en soledad. Cada paso descansa sobre encuentros, pérdidas, enseñanzas, errores, desafíos y actos de generosidad de otros seres humanos.

Y entonces apareció una imagen que siempre regresa cuando viajo hacia el pasado: una montaña.

No un templo. No un escenario. No una multitud. Una montaña...


Jorge Bidondo

Dev Hansa Natha

(fragmento del prólogo del libro de su autobigrafía)



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